ESPACE DES MORTS

Sobre un lugar llamado "Inpierno"
y de la vida que llevan los Ch'ulel-al
(Helios Figuerola Pujol)
De los sentidos de la muerte

Al « impierno» o « Inpierno », se le llama también anima-il-etik (ánimas) ; o bien K'atin bak o lugar dónde queman los huesos1. Se lo define como la guarida (soboba) de los ch'ulel después de muerta la persona. Se habla también del k'ajk'-el o fuego. La referencia al fuego para designarlo, procede de la creencia de que el calor que reina en él, es debido al uso, a modo de leña, que se hace de los huesos de los muertos.

El Inpierno es un lugar particular gobernado por un personaje llamado Lusipel (Lucifer) o Mikel (Miguel). Debido a sus poderes, se le conoce también por el sobrenombre de Cholol tak'in (metal alineado), gracias a una suerte de coraza que protege su cuerpo y lo hace invulnerable. Lusipel habría conocido a dios hace ya mucho tiempo ; en realidad habrían sido muy amigos, pero fascinado por el gusto del trago se lo habría enseñado a fabricar a los hombres cuando asistieran a una fiesta, entonces dios se habría peleado con él y se habrían definitivamente separado. Hoy se sabe que es su rival, pero se desconoce cómo habría llegado a ser el verdadero jefe del Inpierno.

Sin embargo, el nombre con que los expertos designan el ch'ulel que integra el Inpierno no es el mismo, ya que pasarán a llamarlo ch'ulel-al2. Ello se debe a que su naturaleza misma se habría también modificado, lo que le hace asegurar a los expertos que los ch'ulel-al no son ni ch'ulel ni tampoco lab, y su estadía en el Inpierno lo sujeta a condiciones sociales particulares. Ya que en el Inpierno los ch'ulel-al no viven solos, sino que han organizado una sociedad en ciertos aspectos similar a la de los hombres, pero que en otros se presenta como una suerte de reflejo invertido de ella.

Así, desde un punto de vista espacial, la sociedad de los ch'ulel-al en el Inpierno es la réplica de las de los hombres en la comunidad ya que nos dirán que los ch'ulel-al integran sus linajes respectivos y reconstituyen sus barrios. Reestructurando así los lazos perdidos con sus aliados, aunque parcialmente, ya que los ausentes son los ch'ulel que se encuentran con sus dueños entre los hombres y los que, habiendo cumplido la « condena » han abandonado el Inpierno para dirigirse al cielo.

Allí entonces, contrariamente a lo que veremos sucederá en el ch'iibal con los ch'ulel, en el Inpierno los ch'ulel-al de los esposos podrán reencontrarse y vivir juntos durante el tiempo que coincidan en este lugar. Y a pesar que estas reuniones puedan estar cargadas de sentimientos, las relaciones sexuales estarán totalmente prohibidas. Puede que también el ch'ulel-al se encuentre con amigos y reconstituyan en el Inpierno la amistad que la muerte había separado entre los hombres. Y, también, con habitantes que cumplen, repitamos, una estadía de duración variable : la misma que de por vida. Se sabe también que los ch'ulel-al refundarán la jerarquia comunitaria de un gobierno propio, constituido por el cargo que el dueño tenía de por vida. Suerte de autonomía política que Lusipel tolera y tal vez explota. El Inpierno entonces es un lugar de reencuentros y los ch'ulel-al, bien que gocen de una relativa independencia, y contrariamente a la sociedad de los hombres, los conflictos sociales se encuentran sofocados, pero no totalmente inhibidos por el poder omnipotente de un Lusipel bien particular cuya « personalidad » e idiosincrasia no revisten las características de su homólogo católico. Los propios expertos se refieren a él y al quehacer del ch'ulel-al en el Inpierno, sin ninguna muestra de gravedad, casi con indiferencia, como si fuese el itinerario obligado del ch'ulel de todos los hombres, pero sin más.

Sin embargo, a pesar de las facilidades que Lusipel tolera en los ch'ulel-al, la justicia es un asunto que le compete y que ejerce de manera particular. Así, gracias al comportamiento de la persona en la sociedad, ciertos ch'ulel-al gozarían de ligeros privilegios en el Inpierno. Por ejemplo, como premio al ch'ulel-al de un buen ch'abajom, o al de un carguero ejemplar -por curar desinteresadamente a los enfermos, por su abnegación en el trabajo, por su apego a la tradición y por sus servicios a su comunidad - podría ser condenado a servir trago a los otros, a emborracharse y continuar una vida social intensa en el mismo Inpierno, cosa que algunos especialistas ven, no sin ironia, más como una recompensa que como un castigo. No así aquellos que hayan cometido faltas graves, cuyo ch'ulel-al estaría condenado a cumplir tareas subalternas algo ingratas pero no severas, como barrer, limpiar los vómitos de los borrachos y recoger sus excrementos. Y así como entre los mayas guatemaltecos contemporáneos3, en el Inpierno cancuquero todos los ch'ulel-al tienen alguna actividad ; pero allí, los desacuerdos y antagonismos que agitan a lo vivos se prolongan con la misma pasión e igual intensidad al interior mismo Inpierno. En Cancuc, en cambio, cuando se trata de mujeres condenadas por adulterio, Lusipel se mostrará particularmente inclemente. Así, en sus sueños Don Xep habría divisado sus ch'ulel-al convertidos en mulas, pasar cargando piedras para una extraña y monumental construcción y, peor aún, sufriendo los dolores de la penetración de fierros calientes por el sexo. Condena similar le espera a las mujeres adúlteras tzotziles4. Algo más al Norte del Estado, entre los lacandones, se sabe5 que las « desviaciones » sexuales son también condenadas de la misma manera. Y entre los nahuas modernos6 después de una estadía en el Mictlan, la Virgen condena a las « mujeres de mala vida » o infieles, regresándolas a la tierra convertidas también en mulas para que los hombres las exploten despiadadamente.

El cambio a la naturaleza animal7 al penetrar el mundo de los muertos, no es raro entre los tlapanecas, y él concierne a todas las personas. En fin, en Cancuc no sabemos que Lusipel se aplique en discriminar a los ch'ulel-al, que establezca categorias de muertos así como sucedia entre los nahuas prehispánicos8, cuyas personas ahogadas les estaba reservada la oquedad de ciertas montañas especialmente abundantes en aguas y de donde salian los vientos que ellos mismos se encargaban de distribuir para el placer o desgracia de los vivos ya que podian con ello castigarlos con temporales, granizos y tormentas desvastadoras.

Salvo el caso notable de las mujeres adúlteras entonces, la severidad de los castigos en este Inpierno cancuquero dista de tener el dramatismo que le reserva el catolicismo a las almas de los pecadores. Y se aleja aún más de las condenas que le reservan las sectas religiosas protestantes, muy activas en Cancuc, las que pronostican con un fervor excepcional la llegada inminente de un dios sediento de castigo. Y a la venida de éste, intratable y severo, que será precedida por un caos cósmico —un apocalipsis de lluvias de fuego—, los arcángeles organizarán un juicio final público, en el que apartará cuidadosamente los hombres justos de los pecadores, dejando a éstos en manos de un diablo cruel y muy diferente a ese Lusipel cancuquero que tolera que sus súbditos sigan divirtiéndose y hasta les deje la posibilidad salir esporádicamente del infierno para visitar a los vivos. Ya que en el Inpierno, los ch'ulel-al pueden emborracharse a voluntad. Y es precisamente en estas ocasiones en que los más traviesos, escapando a la vigilancia de Lusipel, logran huir del Inpierno para visitar a los hombres. No es raro entonces saber de personas que puedan recibir periódicamente la presencia del ch'ulel-al de un pariente difunto. Así Don Juan, viudo desde hace unos 15 años, es visitado regularmente por el de su esposa ; y ha observado, no sin dolor, que con el paso del tiempo lo hace con menos frecuencia que en sus comienzos. Pero también puede que cuando presa de añoranza e inquietud por sus familiares vivos, Lusipel los autorice a que les hagan visitas, a que interrumpan su quehacer y hasta se inmiscuyan en sus propios sueños.

Pero hay aún más. Don Xun nos contará que el día de los muertos, los ch'ulel-al organizan farras y bailes interminables y después se juntan con otros para salir a « pasear » borrachos por las calles de la comunidad ; a deambular entre los vivos. Algunos, tal vez llenos de nostalgia suelan apartarse del grupo para aproximarse a la que había sido su casa y visitar a sus moradores. Y acercándose sigilosamente podrán aprovechar para conocer a sus descendientes. Y después, ya de regreso, buscar bajo el altar casero algo de comida que los vivos, atentos, no olvidaran nunca de dejarles aquel día.

Es lo que Don Estéban hace cada año para con el ch'ulel-al de sus abuelos de cuyas tumbas, nos precisara ignorar su paradero exacto en el solar ; y que las mudanzas sucesivas, las modificaciones del relieve y su edad avanzada, lo hacen titubear. Y aquellos dones, preparados con esmero por su esposa, y depositados por él bajo la cruz, será seguido por una plegaria9 reclamando la presencia del ch'ulel-al de sus antepasados. Ensalmo de llamado a los muertos, suerte de letanía cargada de nostalgia y tristeza, que le dirige a la cruz (« ella sabe dónde se encuentran ») en la que el autor declara su pena y alienta el ch'ulel-al a que se acerque confiadamente a consumir los dones en comida (tortillas, trago, posol, pollo y frutas) y velas encendidas : ofrendas de los vivos de las cuales dependen los ch'ulel-al. Y sabiendo los ch'ulel-al de sus antepasados muy tímidos y desconociendo los cambios acaecidos en la comunidad estos ultimos tiempos, el locutor pide que sean acompañados por cuatro divinidades.

fiesta como solo bien,
que no esté allí,
que no tenga envidia,
viene solo,
que llegue bien alineado,
que quede bien alineado padre,
con el ch'ulel de mi tortilla,
con el ch'ulel de mi posol,
que llegue con todas mis cosas,
no es mío,
que llegue donde está mi casa...
que venga acompañado,
sus 4 cuidadores,
sus 4 ángeles padre...
que venga contento a llevarlos,
que venga contento a tomarlos...
llegue a la casa, llegue al pueblo,
abuela muerta,
mi abuelo muerto,
perdidos en el sagrado pueblo,
perdidos en la sagrada tierra...

Vista desde el Inpierno, el día de los muertos es un día de libertad para los ch'ulel-al, de fiesta y alegría. Es la ocasión periódica, influenciada por el catolicismo10, de poder relacionarse con los vivos ; como si en definitiva el castigo que dominase en el Inpierno no fuese tanto corporal, como esencialmente afectivo ; que el ch'ulel-al sufriese de la separación de su familia, del temor al abandono... tal vez del olvido. Y el castigo, al que son sometidos los ch'ulel-al en el impierno cancuquero , como hubiese constatado M. H. Ruz11 en el Xibalbá, fuese más el resultado de una conducta asocial que un « pecado » de orden individual.

En fin, las condiciones de vida en el Inpierno cancuquero no se alejan tanto de la del hombre en sociedad, puesto que es un sitio en donde todos los ch'ulel-al se encuentran, conviven, trabajan y comparten una suerte algo parecida a la de los campesinos. No es entonces raro que la naturaleza misma de un infierno católico, la existencia de un lugar marginal reservado al alma de los pecadores en donde se consumen en sufrimientos eternos ; y, sobre todo, totalmente separados de los vivos sea puesta en duda por numerosos especialistas. Tal vez ello explique la desdramatización, la casi lijereza con la que se expresarán las personas a propósito del destino del ch'ulel-al, y que contrasta, como veremos después, con la connotación de gravedad a propósito del castigo que le reservan al ave del corazón y a la detención del ch'ulel.

Pero no sólo los ch'ulel-al pueden salir para relacionarse con los vivos, sino también lo contrario. Así, cuando hablemos de los lab, veremos que los hombres poderosos, poseedores de lab fuertes y numerosos, pueden también, protegiendo su ch'ulel, no sólo visitar esporádicamente a los ch'ulel-al en el propio Inpierno, sino que mantener con ellos una comunicación regular. Tal es el caso de un hombre muy conocido que enviudara de una mujer joven, seductora pero según todos comentan, infiel ; y que a pesar de ello, aún hoy enamorado, su ch'ulel suele visitarla regularmente en el Inpierno con el único propósito de verla y hablarle un poco.

Un curioso sueño le revelaría a Don J., que el "inpierno" es un lugar carente de animales y desprovisto de las milpas y los cafetales que rodean Cancuc. Como veremos a través de él, no pareciera ser tampoco un lugar doloroso para el ch'ulel-al, sino un sitio cuyos habitantes están privados de ciertas funciones fisiológicas como la sexualidad ; pero no sociales, como la solidaridad familiar, el trabajo y la convivialidad : altamente valorizadas por los tzeltales. En este Inpierno cancuquero los ch'ulel-al se aburren y aparecen como seres melancólicos, que se añoran profundamente de los vivos.

Así, los personajes de este extraño sueño le harán descubrir a Don J. la verdadera naturaleza del Inpierno. En él tendría la ocasión de explorar sus alrededores y, sobre todo, de hablar con el ch'ulel-al de los seres queridos ; en particular con el de un amigo y sobre todo con el de su esposa muerta hace ya más de una década ; para convencerse drástica y definitivamente de lo erróneo de la interpretación católica, a tal punto que, sintiéndose engañado, desde entonces renunciaría para siempre a entrar a la iglesia de Cancuc. Citamos una traducción adaptada del sueño en su integralidad, ya que también nos parece transmitir una curiosa sensación de tristeza ; sugerida tal vez por la privación de libertad de sus personajes : un Inpierno controlado por una rígidez y monotonía implacables. Pero también nos parece comunicar una suerte de nostalgia ; quizá debido al reencuentro con su familia, con su esposa difunta y con su viejo amigo que encontrará sentado sobre una piedra en una actitud contemplativa y triste.

Eran sus antepasados que lo acompañarían un día a visitar donde se encontraban.
Caminaron un día entero para llegar a un lugar montañoso en donde habían algunas casitas. Se acercó a una de ellas, que era muy pequeña, y sus ocupantes, al verlo asomarse en la puerta le preguntaron qué venía a hacer.

- ¿ Viniste tal vez a burlarte de nosotros ?, le dijeron.
- Yo no vine a eso, no me atrevería ; vengo a ver sólo cómo viven, en qué trabajan, cómo trabajan en el infierno.

Les preguntaría si en el infierno existía el dolor y el sufrimiento, como cuentan en la comunidad dónde vive.
Me invitaron a pasear con ellos para presentarme a algunas personas. Me hicieron esperar y al rato regresaron. Venían a preparar sus comidas; y lo invitarían.
Dn. Juan les dijo que no quería convivir con ellos, en sus mesas.
Le dijeron que esperara que terminaran de comer.
Después de comer lo acompañarían a visitar a los vecinos.
Me acuerdo de haber visto por donde pasé. Fui a visitar otras casas. Allí preguntó donde se encontraban las otras personas, por qué muchas de las casas estaban vacías.
Mirando a su alrededor descubrió que el lugar era bastante amplio, estaba rodeado de rocas y de bosques extensos; pero no vió ni cafetales, ni tampoco animales.
La única vereda que conducía al poblado era bastante estrecha, y el patio de algunas casas estaban adornados con rozas.
Inspeccionó varias casas para descubrir que eran parecidas a las del Cancuc, con muebles y mesas.
Recuerda haberles preguntado si vivían todos juntos; y le dijeron que cada familia vivía en su casa.
Intrigado por lo que se cuenta del infierno, preguntaría si allí se castigaba, si hacían sufrir a la gente.
No, le responderían las personas, algo perplejas por la pregunta.
Nada más nos reunimos y nos vamos a pasear; eso hacemos cada día. Mañana repetiremos lo mismo. Así pasamos el tiempo. Aquí nunca descansamos. Solemos visitarnos mucho y hacer reuniones periodicamente. Ese es el castigo en el infierno.
Acostumbran comer un poco de ch'ulel de la gente del Jamalal, pero muy poco. Para ello se reunen las personas del mismo linaje, y también se invita a conocidos. En el infierno le dijeron, la gente suele estar siempre junta, se reunen cada día y conviven. Y después de ello salen a trabajar. "Eso hacemos cada día, ese es nuestro castigo".
Don J. pudo encontrarse con su esposa muerta. Ella se pondría feliz de verlo. Ambos comerían algo de ch'ulel, acompañándolo de tortillas, café y caldo.
Después de comer saldría a pasear con las otras personas.
Se encontró también con un viejo amigo muerto hacía muchos años; estaba sentado en una roca, tranquilamente mirando el paisaje.
Le preguntó que hacía allí sentado ; sí dormía ahí. Éste le respondería que no, que a veces salía a pasear pero que en general siempre se encontraba allí : que se aburría mucho. Qué era como en el Jamalal, que aburría mucho estar siempre en el mismo lugar y hacer siempre las mismas cosas.
Y bien que viviesen allí muchas mujeres, no se tenían relaciones sexuales ; eso no se conocía. Tener hijos, le respondería, categórico, no está permitido.

Hay sin embargo algunas consideraciones fundamentales. Si a la muerte de la persona su ch'ulel, no queriendo resignarse a su nueva condición, deambulara un tiempo por el mundo de los vivos y éstos tratarían de expulsarlo sin grandes miramientos. Después, ya habiendo fundado residencia en el Inpierno, ya resignado a otra vida, la presencia del ch'ulel-al entre los hombres ya no sólo será molesta, sino que se volverá francamente peligrosa ; y ello lo distanciará del quehacer de los vivos de manera drástica y definitiva. Es precisamente esta separación que los ch'abajom se empeñarán en conservar, ya que la comunicación con el ch'ulel-al y más aún el contacto físico con él será siempre motivo de alarma. Asociado a la frialdad y pudrición12, el cuerpo del ch'ulel-al debe estar aislado del ch'ulel humano, separado definitivamente de él (en otros pueblos y tierras).

su humo, su nube solo...
Santa Lucía madrina,
Santa Lucía paridora,
agáchame,
inclíname,
en su pudrición, en su hediondez,
muertos, huesos,
solo pelos,
ya se secaron,
ya se inflaron,
en otro pueblo,
en otra tierra,
estuvo solo allí,
ya se perdió en otro pueblo solo allí,
ya se durmió en otro pueblo solo,
en lo podrido, en lo hediondo,
muertos, huesos,
pelos, perdidos...

Y en sueños, si el ch'ulel es curioso, estos encuentros pueden ser accidentales, pero no menos alarmantes si no contase con una adecuada protección de lab fuertes. A pesar de ello, el temor que provocase en el ch'ulel la simple visión del ch'ulel-al podría enfermar a la persona. Con mayor razón si le dirigiese la palabra, o peor aún, si lo tocase. Es precisamente por estos motivos que los especialistas, conocedores del quehacer e inteligencia de los ch'ulel-al que pueden facilmente aparecer en los sueños de la persona enfermándola, han previsto una serie de rezos especiales13 para rechazar su presencia. En esta plegaria el especialista ruega que su cuerpo frío regrese y se quede en su pueblo –en el infierno– que se encuentra bajo la cara de la tierra.

dónde se dan la vuelta,
dónde se han regresado ahora estos,
de tapar aquí ahora,
en su cuenta ahora,
cuántos están muertos,
en el sagrado pueblo,
cuántos están muertos en la sagrada tierra,
los que se han dado vuelta,
los que se han regresado,
en tu ojo ahora,
en tu cara solo...
que allí esté tapado,
que allí esté juntado,
en otro pueblo,
en otra tierra...
que no venga a entregar la frialdad de su pie,
que no venga a entregar la frialdad de su mano,
que no venga a entregar afuera...
que no venga parado en su ensueño,
que no venga parado en su sueño...

Pero puede también suceder que los ch'ulel-al, tendiéndole una trampa al lab de la persona, lo inciten a consumir ch'ulel ; entonces ésta se enfermaría gravemente. Pero también el simple contacto con sus cuerpo o con los utensilios de cocina que ellos utilizan sería peligroso. Los cuentos y anégdotas insisten sobre lo delicada de esta relación. Es precisamente lo que el rezador describirá en su ensalmo14

quizá allí me fue a dar la palabra,
en su plato,
en su platito de barro,
abajo pobre ch'ulel,
pobre ángel ahora aquí...
en medio de su comida...
en su bebida le damos,
en la boca del envase...
pasó la boca del vaso,
pasó a llevar el plato,
pasar a llevar,
donde esá enfilado eso,
donde esá alineado eso...

En fin, los brujos, intrumentalizando la inquietud y la consecuente enfermedad que provoca ese contacto, han elaborado rezos especiales para dañar a un enemigo. Es así entonces que irán apareciendo progresivamente, a menudo de manera parcial, muchas confusa, fragmentos de las « leyes » cósmicas que pudieran tal vez gobernar las relaciones entre ciertos entes. Y éstas someten a los especialistas a una serie de precauciones e imperativos rituales tan complejos como profundos. Pero para aproximarse a este conocimiento es necesario conocer antes otras creaturas de naturaleza, apariencia y costumbres bien diferentes.

Bibliographie :

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1998 Literatura oral de los pueblos del lago Atitlán, Cael/Muni-k'at, Guatemala.
1998 Nuestro Maíz del Lago Atitlán, Cael/Muni-k'at, Guatemala.
1999 Historias de la noche en el lago Atitlán, Cael/Muni-k'at, Guatemala.

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Note :
1 De k'atin, calentar, y bak, hueso (Pitarch 1994 : 46).
2 … o lo sagrado ; con el sufijo -al encargado de ampliar el sentido del nombre.
3 Ruz 2000 : 5, 6.
4 Petrich 2003 : 4.
5 Así como también los asesinos y las personas que botan alimentos (Olivier 2003 : 56).
6 De Pury-Toumi 1997 : 157.
7 Neff Nuixa 2003 : 4.
8 López Austin 1984, I : 383.
9 AB : z1.1/1.05.
10 De Pury-Toumi 1997 : 187.
11 y que también se verifica entre los mayas guatemaltecos del lago Atitlán (Petrich 2003 : 5).
12 AB : c1.1/1.00.
13 0B : z1.2/0.55.
14 A.8 : t1.1/1.09.